Una profesora de 4° básico trabajó con sus alumnos las características de los cuerpos
y figuras geométricas.
La evaluación incluye, entre otros, el siguiente ítem:

Frente a cada afirmación, escribe V si es verdadero o F si es Falso:

  1. ___ El prisma tiene sus caras laterales triangulares.
  2. ___ El polígono tiene una cúspide.
  3. ___ lo que diferencia al prisma es que tiene dos caras basales.

Analicemos el ejemplo

Lea cuidadosamente cada una de las afirmaciones, ¿son todas ellas claras?

Las primeras dos afirmaciones son claras e inequívocas. Usando sus conocimientos, los alumnos podrán determinar si son verdaderas o falsas. En cambio, esto no sucede con la tercera afirmación. En ella se alude a “lo que diferencia al prisma…”, pero no se dice respecto de qué. Entonces, la afirmación se prestará para distintas interpretaciones: un alumno puede pensar que la respuesta es V si se enfoca en la diferencia entre un prisma y una pirámide, o F si la diferencia es con el polígono, y ambos razonamientos estarían correctos.

Suponga que ante la tercera afirmación, la mitad del curso respondió V y la otra mitad F, ¿qué podría concluir la docente sobre el conocimiento de los alumnos acerca de los prismas?

La profesora podría pensar que la mitad de los alumnos tiene dificultades para entender las características de los prismas, pero esta sería una conclusión errónea, ya que las respuestas de los alumnos no dependen solo de su conocimiento, sino también de la forma en que interpretaron la afirmación.

Por tanto, la profesora no puede extraer conclusiones acerca del nivel de logro de sus alumnos y tampoco podrá retroalimentarlos adecuadamente a partir de los resultados, pues se basaría en información incorrecta.