Para evaluar habilidades de comprensión lectora en sus alumnos de 5° básico, un
docente de Lenguaje aplica una prueba con preguntas asociadas a la fábula “La
Liebre y la Tortuga”. Una de las preguntas dice:

¿Qué le propuso la tortuga a la liebre?

  1. una gran apuesta
  2. una competencia
  3. hacer una carrera
  4. no le hizo ninguna apuesta

Analicemos el ejemplo

¿Cuál es la respuesta correcta a esta pregunta? ¿Qué le ocurrirá a los alumnos al responderla?

Es muy probable que esta pregunta confunda a los alumnos, ya que la tortuga le propone a la liebre una apuesta, que consiste en competir en una carrera. Por tanto, las alternativas a, b y c podrían ser correctas.

Al corregir la prueba, el profesor ve que la mitad de los alumnos marcó la alternativa a) y la otra mitad se dividió entre b) y c). ¿Qué podría concluir sobre los aprendizajes logrados usando esos datos?

Cualquiera sea la alternativa que el profesor considere correcta, pensará que gran parte de los alumnos tuvo dificultades para comprender el texto, pues marcaron diferentes alternativas. Sin embargo, esta sería una conclusión errónea, ya que las respuestas de los alumnos no reflejan esa habilidad, sino más bien la confusión que induce la pregunta.

Así, este profesor no puede extraer conclusiones acerca del nivel de logro de sus alumnos porque la pregunta no está bien construida. Tampoco puede retroalimentarlos adecuadamente a partir de los resultados, pues se basaría en información incorrecta.